Cuando la mente vaga

Cuando queremos vivir la vida de otras personas nos estorbamos y estorbamos a los demás.

2 Corintios 10.5; Lucas 2.35; Hebreos 4.12; Jeremías 4.14
Cierta madre no quería que su hija se casara, era egoísta, no quería dejar de seguir gozando de los cuidados de su hija. Esta esperó por darle el gusto a la madre hasta los 35 años de edad.

El día de su casamiento, esta última se desmayó. Victima de su contrariedad, padeció diversos achaques; pero habiendo enfermado su esposo, tuvo que dedicarse a atenderlo y, absorbida por estas atenciones, se olvidó de la hija, desaparecieron sus achaques y ahora goza de una salud radiante. Trasmutó la base de sus relaciones con su mundo exterior que era la base de su propio interés, en el interés por los demás, y, haciéndose útil a los demás, recuperó su salud.

Al orar, enseñemos a Dios nuestros defectos para que los corrija. Nos dolerá cuando El ponga su mano sobre ellos, pero nos hará bien.

Si Dios no nos acusa de nada en nuestro recogimiento, quiere decir que no ha encontrado nada y entonces ya estamos listos para una comunión. Sin embargo, entonces surge una dificultad. Cuando comenzamos a entrar en comunión positiva con Dios nuestra mente debe a vagar.

Esto inquieta a muchos. No debe inquietarnos. Supongamos que nuestra mente empieza a vagar; pues, entonces lo que hay que hacer es convertir lo que hace vagar nuestra mente en el medio por el cual nos pongamos en comunión con Dios. Por ejemplo, cuando me hallaba escribiendo estas líneas, de pronto ví una paloma por mi ventana y mi mente comenzó a vagar repitiendo estas palabras: “La mañana fresca, cual paloma blanca hacia Dios en vuelo, lleva bajo el ala mi oración, mi nombre”.

Mi mente comenzó a vagar, pero en fin de cuentas fue para ascender a Dios. Supongamos, como alguien ha sugerido, que nos distrae el sonido de una sirena. Digamos entonces: “¡Qué bueno que una sirena más fuerte me advierte el peligro que rodea a las almas imprudentes!”. Convirtamos la distracción en dirección hacia Dios. Aun en las alas de la tempestad, volemos hacia Dios.

Después de algún tiempo seremos capaces de cautivar nuestro pensamiento para que obedezca a Cristo; pues mientras más lo obedezcamos, tanto más fácil será que El se convierta en el centro de nuestros afectos, y ya sabemos que “donde estuviere nuestro tesoro, ahí estará nuestro corazón”.
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