Dejarse ministrar
 

La Dios ofrece intervenir en el lugar donde se cultiva la vida plena, en nuestro interior la mitad de nuestra batalla para solucionar nuestras dificultades se termina cuando caemos de rodillas y nos presentamos delante del trono de la gracia. Como veíamos ayer, esto resulta mucho más atractivo para aquellos que están agobiados por las cargas que llevan. El estado de fatiga interior es una de las pocas situaciones que logran quebrar ese obstinado espíritu de autosuficiencia que habitualmente acompaña nuestro andar. Si conseguimos responder a la invitación de ir a él, habremos avanzado significativamente hacia una solución definitiva para nuestra situación.

Cuando nos presentamos delante de él, sin embargo, no muere nuestra tendencia de querer echar mano de lo que estamos buscando. Al igual que el hijo pródigo, podemos presentarnos delante del Padre con nuestras propuestas de cómo debiera él intervenir en nuestras vidas. Sin percibirlo, seguimos siendo nosotros los protagonistas de esta aventura espiritual. Mas el desafío no es a que nosotros sigamos dirigiendo los asuntos de nuestra vida, sino a que cese nuestra actividad, para asumir una postura pasiva. Se trata de incorporar la exhortación del salmista: «Estad quietos y conoced que yo soy Dios; seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra.» (Sal 46.10)

En el texto que estamos analizando Jesucristo plantea una propuesta similar: «yo os haré descansar.» (Mt 11.28) Tome nota de la construcción gramatical de esa frase. No necesita ser un erudito para darse cuenta de que describe una acción realizada sobre el agobiado. La persona que se presenta delante del trono no echa mano del descanso, porque el descanso está en manos del Hijo de Dios. La propuesta del Señor es que nos quedemos quietos para que él pueda ministrar a nuestros espíritus.

Veo en la invitación de Jesús una reiteración del mensaje de Salmos 23. Note qué tan similar es la construcción de los verbos a la de nuestro texto. Nada me faltará; en lugares de delicados pastos me hace descansar; juntos a aguas de reposo me conduce; él me restaura el alma; me guía por senderos de justicia; su vara y callado me infunden aliento; me prepara mesa delante de mis enemigos; me unge la cabeza. En cada uno de estas situaciones, la oveja es la receptora, y no la generadora de cada acción. Recibe un servicio de parte del pastor: provisión, descanso, dirección, restauración, guía, aliento, seguridad, unción. Describe una relación de dimensiones absolutamente sencillas: ella reciben - él da. La responsabilidad de la oveja es una sola: dejarse pastorear. El pastor se ocupa de lo demás.

Esto presupone que al presentarnos delante del trono no estaremos tan apurados como para que él no pueda siquiera estirar su mano para acariciarnos. Debemos estar dispuestos a quedarnos allí hasta que hayamos alcanzado el descanso.

¿Observó lo que él propone para los agobiados? No les ofrece una solución para sus problemas, aunque muchas veces toda nuestra atención está puesta allí. Más bien ofrece intervenir en el lugar donde se cultiva la vida plena, en nuestro interior. La tormenta puede seguir con la misma intensidad, pero él ofrece darnos esa condición interna que nos permite hacerle frente, sin ansiedad, a la causa principal de nuestra angustia.

¿Qué otra invitación extiende Jesús? ¿Cómo se realiza el aprendizaje en esta relación?

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