La tentacion y el sexo parte 1

Tal vez estemos pensando en la posibilidad de una liberación absoluta. “Marcados” es una palabra decisiva. Sentiremos la tentación de dudar que hayamos sido librados de una manera decisiva.

¿Es pecado el sexo?

Algunas veces es bastante fácil identificar al sexo con el pecado y decir que el sexo es pecado o que el pecado es sexo. Los jóvenes frecuentemente se prenden de esta idea. Pero ambas observaciones no sólo son la expresión excesivamente sencilla de un concepto, sino que son bíblicamente ciertas. A. Morgan Derham escribe: “El deseo sexual es perfectamente natural y correcto, puesto que es el don de Dios, un constituyente básico de la naturaleza humana.

No debemos implantar un falso complejo de culpa en las mentes de cualquier persona al sugerir lo contrario.” W.E. Sangster también insiste en que los deseos sexuales son dados divinamente y que vienen al ser humano como instintos poderosos. Dice este escritor: “Si cesaran de funcionar, nuestra raza desaparecería de la tierra.” Y advierte: “Es ridículo avergonzarse de ellos (los instintos sexuales). Cosa igual sería avergonzarse de tener hambre. Dios nos hizo así, y decir que cualquier cosa que Dios ha hecho es impura, es ser culpable de profanación. Dios hizo pocas cosas más bellas con sus criaturas terrestres que lo que hizo al levantarlas de su condición de criaturas y compartir con ellas el gozo de crear.”

Es un error asumir la actitud de un excesivo silencio con relación al sexo y es casi imposible continuar con tal creencia en nuestro día en que abunda toda clase de conocimiento sobre la materia, y en que se ha magnificado al sexo en toda la cultura de nuestro siglo.

Los que tienden a identificar el sexo con el pecado también tienden a identificar el pecado con el cuerpo y hasta llegan a decir que toda la materia es mala. Pero Pablo declara enfáticamente que este no es un punto de vista cristiano. Escribe: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros? Porque habéis sido comprados con precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo” (1 Corintios 6.19-20). Y al escribirles a unos cristianos que recientemente se habían convertido de la idolatría, Pablo insiste: “Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación” (1 Tesalonicenses 4.7).

Stuart B. Babbage apoya la misma posición al escribir: “El cuerpo del hombre no es algo humillante, o casi repugnante, sino algo santo; no es un impedimento o estorbo para la vida del hombre, sino un instrumento indispensable para la expresión de la personalidad.” Y añade: “No hay área fuera de la relación entre Dios y los hombres que sea tan vital o tan decisiva para los hombres y las mujeres como el sexo.

Probablemente no haya aspecto más complejo de la vida humana. Por estas razones necesitamos entender – a fin de dirigir – este gran impulso instintivo con su vasto potencial para bien o para mal.” Lutero lo expresa concisamente al decir: “Nuestro Señor fue inmaculado aunque tenía cuerpo, y el diablo es pecaminoso aunque no lo tiene.” Pittenger plantea el asunto positivamente cuando observa: “La sexualidad del hombre puede ser el medio para su más grande logro de sí mismo”.

La breve narración de la creación que tenemos en Génesis (capítulos 1 y 2) identifica a Dios con la creación del sexo. “Varón y hembra los creó” (1.27). “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (2.24). “Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread…” (1.28). Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (1.31).

Además, el cuadro nuevotestamentario del matrimonio es muy sano. Jesús asistió a una boda en Caná y allí obró su primer milagro público. La descripción bíblica de la iglesia como la desposada de Cristo nos sugiere la exaltada opinión que tiene Dios de la unión de un hombre y una mujer. Jesús hizo que los hombres regresaran a los pensamientos originales de Dios acerca de lo sagrado y permanente del matrimonio cuando habló en contra de los males contemporáneos del divorcio: “Mas al principio no fue así” (Mateo 19.8). Pablo también exhortó a los esposos a que amaran a sus esposas como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella (Efesios 5.25). ¿Dónde podríamos encontrar una posición más elevada de esta área de la vida que la que Pablo expresa en Efesios 5).

En este punto es menester dar una palabra de cautela a jóvenes y viejos: no deben participar en bromas descuidadas sobre el sexo ni darles atención. Esta costumbre es profana e ignorante. William Temple, el finado arzobispo de Canterbury, dijo: “Los cristianos no se bromean del sexo por la misma razón por la que no se bromean del sacramento de la Santa Cena: no porque el sexo sea impuro, sino porque el sexo es sagrado, y bromear de ello es profanarlo.”

El sexo puede volverse pecaminoso

Si bien reconocemos que el sexo no es en sí mismo pecaminoso, también hay que confesar que es un área invadida frecuentemente por el pecado y que con igual frecuencia produce corrupción. Lo excelso de la creación puede convertirse en lo más bajo al ser corrompido por el pecado. Nuestra naturaleza caída se ve fácilmente en la opinión típica del sexo entre los miembros de nuestra “avanzada” generación.

Pittenger pone el dedo en la médula del asunto cuando concluye: “Lo mejor, cuando se ha corrompido, se vuelve lo peor”. Pero como alguien ya ha indicado, el hecho de que haya agua infectada y manantiales estancados que causan enfermedad y hasta muerte, no es razón para afirmar que no hay agua limpia y saludable. La tentación al pecado es mucho más profunda y amplia que el sexo, pero incluye el sexo porque éste es parte de la vida.

Babbage concede que “Ninguna parte de la vida de un hombre está exenta de los malos acompañantes del pecado: la vida sexual del hombre, como su vida intelectual y su vida religiosa, está manchada, arruinada y sujeta al pecado. Es necesario recalcar, contra todos aquellos que quieran deificar el sexo, que ni es menos corrupto que cualquier otra parte del ser humano, ni, contrario a lo que piensan los que dicen que el sexo es la fuente y el origen de todo pecado, es más corrupto. Por el pecado, el sexo, así como todas las demás partes del ser humano, necesita redención.

En la década presente del siglo veinte hemos presenciado la explotación del sexo mediante anuncios de periódicos y de revistas, mediante el diluvio de la televisión y las presiones continuas de la industria cinematográfica. El tono y ejemplo de estos medios de comunicación no reflejan una interpretación sana de la vida ni del sexo. Es horrible contemplar pero difícil negar que un porcentaje demasiado grande de las técnicas publicitarias modernas se basan en una explotación cínica y deliberada del sexo.

El ataque es: “Todos lo están haciendo, ¿por qué no lo ha de hacer usted?” C.S. Lewis define bien el sesgo del siglo veinte cuando escribe: “Usted puede conseguir una enorme concurrencia para un espectáculo en que una mujer se desnuda al bailar ahora bien, supongamos que usted llegara a un país donde pudiera llenar un teatro simplemente al presentar en el escenario un platillo cubierto, y prometer que lentamente lo iría descubriendo, a modo de permitir que todos vieran, antes de que se apagaran las luces, que en el platón había una pierna de res, o algún guiso especial, ¿no pensaría que en ese país algo había trastornado el apetito de la comida? ¿Y no pensaría alguien que hubiese crecido en un mundo diferente al nuestro, que hay algo igualmente desequilibrado en cuanto a la condición del sexo entre nosotros?

Pero el relajamiento moral y la promiscuidad sexual no principiaron en el siglo veinte. Tal vez sean modernos, para también son tan viejos como el pecado. Thomas Jefferson, escribiendo desde París en 1785, criticaba las normas y costumbres sexuales que estaban de moda en ese entonces entre la nobleza francesa. Escribe que los nobles estaban atrapados en pasiones y búsquedas malas “que les ofrecían momentos de éxtasis, en medio de días y meses de inquietud y de tormento”. Añade que “el amor conyugal no existe entre ellos, y la felicidad doméstica que se basa en él, es del todo desconocida”.

La Biblia condena la impureza sexual. Pablo le escribió a Timoteo diciéndole: “No…participes en pecados ajenos. Consérvate puro” (1 Timoteo 5.22b). Esto no es un recato ridículo, sencillamente es sentido común. La Biblia describe la infidelidad a los votos matrimoniales como adulterio, y llama fornicación a la inmoralidad sexual antes del matrimonio. Pero condena a ambos. La posición cristiana es que no debe haber indulgencia sexual antes del matrimonio, y que después de éste debe privar fidelidad inviolada entre los dos cónyuges. Robert E. Fitch resume el caso positivamente cuando observa que el verdadero amor es “mezclado con el valor, templado por el deber, probado por el sufrimiento, endulzado por la ternura, y fortalecido en la fidelidad. (Continúa parte 2)
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